MAURICIO MENDEZ COLINA (MAU)

Nací en el año de 1986, desde pequeño me comporté de manera extraña. Mi mamá se dedicó a dar mil vueltas para entender qué me pasaba, necesitaba un diagnóstico para poder ayudarme, pero en aquel entonces en México no se sabía lo que era el autismo y prácticamente no existían escuelas o especialistas que atendieran a las personas como yo. Muchas veces pensaron que sólo era un niño maleducado y berrinchudo.

Para mí el mundo era muy confuso y desordenado, únicamente veía detalles. Por ejemplo, creía que la Luna era algo que se podía tocar con facilidad y que alguien la había roto. Me causó muchísima risa ver caminar a las hormigas llevando encima partes de una hoja. No podía entender las pláticas cuando mucha gente estaba reunida, entonces me aislaba para no ponerme nervioso. Integrar muchas acciones a la vez se me dificulta hasta la fecha, así que primero me tienen que decir una cosa, luego la otra y después la otra. Con mucha calma, tienen que desglosarme las acciones para que pueda realizarlas. También ciertos conocimientos, pero si éstos no tienen significado para mí, no me interesan.

Siempre tiré la pelota hacia atrás y no hacia adelante, no entendía el juego y si la encontraba dentro del auto, la aventaba por la ventana porque me encantaba ver cómo rebotaba en la carretera alejándose de nosotros. Las cosas que se movían me mantenían muy atento.

De pequeño tuve dos gatos siameses y pensé que podían volar como las mariposas, los tiré por la ventana y una vecina vino a regañar a mi mamá porque no me enseñaba a ser bueno con los animales. Yo no entendía a qué se refería.

Siempre estoy observando los detalles, soy hiperselectivo, o sea, que sólo me fijo en lo que me interesa y lo único que me ha encantado en la vida son los animales.

Al principio buscaba mariposas todo el día, tenía tal conexión con ellas que estiraba la mano y se acercaban a mí. Un día me dieron un bote para poder tenerlas, eso me pareció ¡maravilloso! porque entonces las podía llevar conmigo, pero dejaban de volar en el bote y morían. Pensé que llevarme otros animales sería mejor; así que intenté con abejorros y llegué a juntar hasta 20 o 30, los soltaba en la habitación, me exaltaba de gusto y quedaba encantado al verlos volar. También conseguí avispas, gua-chichilas, escarabajos, mayates, etc., pero todos siempre morían.

Después me interesaron las tarántulas, no sé cómo, pero las olía (huelen a chis). Las escondía para tenerlas en mi cuarto, ya fuera en los bolsillos de los pantalones o de las chamarras. Finalmente, tanto insistí que mi mamá accedió a que las pusiéramos en unas cajas grandes de cristal. Tuve muchísimas con todo y nido hasta que un día una de color café muy grande se fugó y causó un trastorno en la casa cuando alguien la halló entre la ropa sucia, fue entonces que mi mamá decidió que me despidiera de ellas.

Mi pasión por los animales es tal, que me escapaba de la casa sin avisar para buscarlos en el campo, me he ido lejísimos a ranchos y pueblos, he llegado a caminar hasta cuarenta y un kilómetros con tal de encontrar animales.

Mi madre pasó como cuatro años con cara de perro Shar Pei (así dice ella) llorando porque nadie sabía dónde encontrarme. En la estación de policía ya la conocían muy bien, tanto que al verla llegar decían: “Ahí viene la mamá del autista ¿Y ahora?”

Entonces mamá compró películas y documentales de animales para calmar un poco mi curiosidad, aprendí nombres de animales, qué les gusta comer, países, climas, hábitats, etc. Pero esto no era suficiente, los animales me atraían demasiado y quería tenerlos conmigo, entonces mi madre optó por llevarme los fines de semana a Jalcomulco, un pueblo cerca de Xalapa, donde podía encontrar las tarántulas, porque si no lo hacía me desesperaba,

Me ponía impaciente y me empezaba a lastimar.

En una ocasión, mientras buscaba tarántulas, me encontré una víbora, metí la mano en un hoyo queriéndola atrapar y cuando la tuve me mordió. Sólo vi a mi mamá

Correr y gritar como loca, no había nadie; sólo árboles, insectos y el viento, de pronto apareció una camioneta roja que nos llevó a la enfermería y me pusieron antídoto contra la mordedura de serpientes.

En los jardines de la universidad hay unos lagos, recuerdo que me metía a nadar para atrapar tortugas, hasta que me regañaron. La verdad yo sabía qué hacía cosas que les molestaban a los demás, pero cuando se me ocurre una idea ésta es más fuerte que yo y no puedo con ello, entonces me entra la ansiedad. A pesar de que siempre he tratado de ser una persona obediente y responsable.

Necesito tener horarios y medidas. Por ejemplo, no sé qué cantidad de aceite necesito para dos huevos fritos y he llegado a ponerles toda la botella, por eso mi mamá me hace medidas de azúcar, aceite, sal, etc.

 Ella me indica qué es lo que tengo que hacer cada día lo cual me da seguridad y así puedo realizar mis cosas (pintar, dibujar, sacar fotos, tejer, ver películas y televisión e ir a natación). De esta manera funciono mejor y me contengo más, porque si no el tiempo se me va y me pierdo con él, para mí no existe, me doy cuenta del tiempo porque en el día está claro y en la noche oscuro.

Soy hipersensible a los ruidos altos, no me gustan. Tampoco que me griten. Debo tener una dieta especial porque no puedo comer productos lácteos ni harinas, eso me enoja porque me gustaban mucho los espaguetis. Me gusta que me cumplan cuando alguien se compromete conmigo a llevarme a pasear o a cualquier cosa, si no lo hacen me desespero y me pongo nervioso. Últimamente me dan medicina para mis crisis de ansiedad, que son muchas, porque percibo las cosas y sé que algo anda mal pero no lo comprendo del todo.

Me cuesta trabajo integrar la información, hablo continuamente de lo que me interesa, mi mamá me pide que no repita, pero no puedo dejar de hacerlo.

No entiendo palabras o frases que tienen doble sentido, por ejemplo, no me gusta que en la escuela me digan que parezco un mango porque yo soy Mauricio, no una fruta. Tampoco me gusta que me hagan bromas, me ponen nervioso y pienso que se burlan de mí.

Yo a todas las mujeres las veo preciosas y se los digo: “¡Estás preciosa ¡”, y dicen que les subo los ánimos. Me cuesta mucho trabajo distinguir las emociones y comunicar mis sentimientos a los demás, sin embargo, quiero estar con los demás.

Cuando terminé la secundaria trabajé de office boy en un centro terapéutico, allí conocí a muchas personas, eso me gustaba mucho. Aunque tuve que dejar ese trabajo porque siempre pensé que mi jefe estaba enojado conmigo y entonces le hacía panchos, le tiraba la escoba, le sacaba la lengua y me ponía a brincar como chango cuando me decía lo que tenía que hacer.

Quiero tener una gran familia y muchos amigos para pasear, no quiero vivir como el ermitaño que vive en el bosque. Me voy a comprar una casa, en un lugar que se llama Tres Pasos, para vivir cerca de Lupe (mi terapeuta) y su hija Ana, con mi mamá, mi mujer y mis hijos.

Espero poder ir a Alaska, al desierto, al océano y a la selva para fotografiar todos los animales que me faltan por ver. Es lo que quiero. Y tener mi local para rentar películas.


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